Ver o, más bien, no ver; mostrar y, ante todo, ocultar; buscar la mirada ajena mientras la propia se recrea y, sobre todo, sugerir, imaginar, completar el sentido. Esto es lo que nos proponen los artistas J.F. de Mera y Pelayo con sus “objetos de deseo”, y con unas intenciones que no podían ser más evidentes. Como bien afirmaba Bataille, buena parte del código del sexo y el erotismo se sustenta en la premisa de la prohibición. Prohibición establecida, según él mismo, porque la sexualidad y la muerte, con su violencia inherente, atentan contra la mesura y contención del mundo civilizado. Hay además en el deseo, al igual que en el acto erótico, una necesidad irrefrenable de repetir, de aspirar siempre a más, de una búsqueda de lo inconmensurable que les lleva a transitar continuamente el límite entre la vida y la muerte. Sin embargo, y a pesar de este nivel de abstracción tan profundo, son elementos y percepciones muy concretos los que excitan nuestro deseo, los que nos sitúan en un tiempo y un lugar muy determinados y sostienen las coordenadas de la seducción, el coqueteo y la zozobra propios del anhelo erótico.
El objeto de deseo nos confunde, además, con una paradoja: si son sus elementos distintivos los que nos atraen, si constituye en sí mismo la celebración de la diferencia con el otro, persigue por otro lado la fusión y la anulación de toda diferencia, de todo límite, entre el deseante y el deseado. Esta naturaleza ambigua, inevitablemente escurridiza y cuya esencia última nunca podemos llegar a alcanzar nos sonríe burlona desde el trasfondo de cada una de las obras que forman parte de esta exposición.
Esta continua oscilación entre lo que parece y lo que es, entre lo que se oculta y lo que se muestra, juega también con la estética y la animalidad, en el sentido de que es la belleza lo que atrae, pero el descubrimiento y estímulo de nuestra faceta animal el último fin del deseo. Así, el erotismo construye en torno a lo animal una visión hecha de sugerencias perceptivas, sociales y culturales y, a la vez, nos recuerda que lo animal permanece agazapado, esperando el momento de asaltarnos y hacer que nos olvidemos de nosotros mismos, transformándonos en puro inconsciente.