FLAMENCOS EN EL FERROCARRIL

Dentro de la quinta Temporada 2017/18 de las Tertulias Flamencas de la Quinta el sábado 18 de noviembre contamos con la participación de ALFREDO GRIMALDOS, reconocido divulgador del flamenco, así como autor de diversos escritos y libros sobre el mismo. En esta ocasión y con motivo de la presentación de su libro “Flamencos en el Ferrocarril” podremos disfrutar de sus muchas anécdotas de los artistas, así como algunas grabaciones y videos.

FECHA Y HORARIO: Sábado 18 de noviembre de 2017 a las 20h

PRECIO: Aportación 6 euros

LUGAR: Quinta del Sordo, Calle Rosario 17, (Parque de la Cornisa) La Latina

TERTULIA A CARGO DE:

“ALFREDO GRIMALDOS”

Las Tertulias Flamencas de la Quinta tienen por objeto profundizar en las características y formas del flamenco de una manera formativa que ayude a conocer y disfrutar del flamenco por el público asistente. Todo ello en formato muy cercano y ameno. Para la programación y presentación de las diferentes sesiones y artistas se cuenta con la colaboración de CHALAURA y Pablo San Nicasio.

Para esta sesión contamos con la participación de una guitarrista de excepción por su fuerza y creatividad al toque. Antonia Jimenez, con su toque, nos deleitará y complementará la tertulia.

Alfredo Grimaldos (Madrid, 1956) ha escrito un libro necesario, el de la vieja relación entre los flamencos y el caballo de hierro, como llamaban los indios del Far-West al ferrocarril y que fue el medio de transporte que, con más frecuencia usarían los artistas para desplazarse desde los tiempos de los lentos expresos de Antonio Chacón al AVE contemporáneo en donde se ha dejado sentir a menudo la voz de Diego El Cigala.

El tren está presente en la biografía de los creadores flamencos, en las letras y en la atmósfera en que transcurrió su historia y su leyenda. Grimaldos, que ha destacado como periodista de investigación especializado en destapar las cloacas del Estado –desde la corrupción de Zaplana al narcisismo de Esperanza Aguirre, desde la CIA a las sombras de Franco y de la Iglesia Católica sobre la democracia española–, ha llevado en paralelo una extraordinaria función como divulgador flamenco, desde la revista Cabal, que dirigiera entre 1982 y 1985, a los programas de radio La hora del duende y A compás. Crítico flamenco del diario “El Mundo”, hace cinco años publicó por fin un libro esencial, “Historia social del flamenco”, (Ed. Península, 2010), en donde asume la perspectiva heterodoxa de León Trosky o de Arnold Hauser, para afrontar una mirada transversal de este arte y de sus circunstancias.

En esa obra, Grimaldos partía de dos testimonios habituales y escalofriantes de Alonso Núñez “Rancapino” –el jovencisimo cantaor que viajó en tren con Camarón al Madrid de los años 60– y que suele decir que “el flamenco se canta con faltas de ortografía” o que él canta ronco de tanto andar descalzo cuando niño. Dividida en cortos y fulminantes capítulos como aguadas de un tren de palabras que lleva desde el anecdotario de quienes utilizaron dicho medio de transporte a experiencias de divulgación cultural como la del Tren de los Flamencos, Grimaldos nos invita a un largo viaje, casi machadiano, que evoca en cierta medida el poema Los Trenes, de Eladio Cabañero, aquel joven poeta autodidacta que los veía pasar desde la llanura manchega, otro paso obligado en esa larga geografía del arte.

Era que a dos kilómetros pasaban
muchos desconocidos en los trenes,
era que el mundo estaba en otra parte
y nadie ve la vida ni se entera
de casi nada, y era que las gentes
mal se conocen entre sí ni se aman
lejos unos de otros. Yo veía
el tren muy negro y largo en la llanura,
silbante, con su humo y sus bolliscas,
pasar hacia otro mundo de esperanza,
no de engaño y de luto, pues los pobres
dan en creer en la milagrería,
en que unas gentes vendrán a salvarles
en un tren como aquellos que pasaban;
dan en creer los pobres esas cosas
cuando son niños, siempre trabajando
y sin salir del pueblo para nada

 

 

El tren, como puede leerse entre líneas a lo largo de esta obra certera, bien escrita y esclarecedora, quizá aceleró la transformación y el mestizaje de los cantes, en un triángulo mítico que unía a Sevilla, Jerez, los puertos y Cádiz, pasando por los andenes de Lebrija y de Utrera, otra explicación plausible a cómo ha ido evolucionando este arte.

Y esta vida.

 

 

(Del prólogo de Juan José Téllez)

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